Universidad del Tolima - Año 2003 Vol. 2 No. 3 - Ibagué, Colombia


DÉBORA ARANGO
- Genero Fabrica-to Antioquia - made in Colombia -

Manuel León Cuartas
Pintor. Profesor Universidad del Tolima

La función social de la mujer durante miles de años, después de su proceso histórico matriarcal, ha estado bajo la férula del patriarcado, degradado en el machismo, y, hoy día, reconsiderado en el Falocentrismo.

En una región colombiana marcada históricamente por estas características, nace a principios del siglo XX (1907) una mujer que se convertiría en el símbolo de la desobediencia civil, de la autonomía estética y del arte expresionista colombiano con el máximo grado de compromiso social e ideológico: Débora Arango Pérez.

Desde los años de infancia adquirió el compromiso con los asuntos artísticos relacionados con el bordado, la costura, las artes manuales, con las presentaciones teatrales, la decoración de telares escenográficos, y el profundo conocimiento de los medios técnicos del manejo de la pintura al óleo, desde la ardua tarea de preparar los lienzos, hasta la mágica alquimia de la transmutación de los aceites y barnices en pastosos pigmentos. Todos estos últimos oficios propios de los varones.

Las paradojas de la vida convierten sus aulas de clases con las salesianas en los primeros espacios de espiritualidad artística y de libertad creativa, y a su maestra italiana María Robaccia en su primera mecenas y orientadora estética.

La culpa definitiva por la que Débora se hizo artista la tiene Dios y las salesianas, y la de haberse enamorado por primera y única vez en una de las salidas diarias de misa de la Iglesia San José.

Como Picasso, Débora, registra uno a uno sus "psíquicos hechos cotidianos" en telas o cartones que va acumulando como su diario perceptual y estético. A la postre su único amor jamás la abandonaría al quedar "ausente" (así lo diría el politólogo Louis Althousser) en una de sus acuarelas "Las colegialas" y que, el poeta Santiago Londoño Vélez nos relata a su vez de un comentarista: "En los ojos de esa niña con brotes de adulta, se encuentra una pasión, una historia, una aventura entre tilos discretos y soles amables que ha hecho de su corazón un depósito de recuerdos y emociones”1.

Las más diversas situaciones existenciales fueron esculpiendo una personalidad libérrima, sin ambages, imposible de manipular, contradictora permanente de sistemas absolutistas, sin restricciones temáticas, expresiva, valiente, ácida y cicuta para sus congéneres y coetáneos, pero de manera particular con los regímenes bipartidistas de nuestro país.

La obra de Débora se caracteriza por el tratamiento siempre diáfano de los referentes, explícitos y denotativos en sus significados; por el manejo de las formas representacionales que la hace accesible en su figuración; por los contenidos ideológicos, sociológicos y políticos de lecturas comprensibles por sus discursos llanos pero contundentes. Toda esta estructura triádica compositiva revestida de plasticidad, con recursos técnicos de destreza artística y manifestaciones objetivadas del universo estético que de manera “Expresionista” figura en cada una de sus obras.

Es la artista (incluyendo el otro género) de mayor fuerza expresiva en el tratamiento de situaciones y hechos políticos que se han sucedido en el devenir histórico del pueblo colombiano, registrados todos como documentos fuentes, de consulta visual obligatoria para quienes deseen conservar imágenes mnémicas estéticas de sucesos escatológicos producidos por los gobiernos bipartidistas de turno.

Para muchos críticos, estetas, o historiadores del arte, la obra de Débora puede resultarles panfletaria o evidentemente parcializada y expresada como denuncia social, y ser proclamada, como lo fue la de Portinari, la de Guayasamín y la propia de los muralistas mexicanos, de libelo degradante, satírico e infamatorio. Y es allí, donde radica la actitud desafiante e insubordinada de la artista contra los paradigmas decimonónicos de la academia y contra las barreras axiomáticas de la estética tradicional, parámetros éstos que resumen, entre otras cosas, los preceptos axiológicos de una sociedad conservadora y concordataria como la colombiana.

Sin embargo, pertenecer a una familia conservadora la hacía, en cierta forma, inmune a la más drástica persecución clerical, y el hecho cierto de ser su padre el dueño de un elegante Packard negro de siete puestos, adquirido al político conservador Mariano Ospina Pérez que, Débora acostumbraba conducir por las estrechas calles de Medellín por ser una de las cuatro mujeres con licencia para manejar automóviles en aquella época2. No obstante estos pequeños privilegios sociales, sus desnudos expuestos en el Club Unión de Medellín causaron desazón y refriega en el clero parroquial, hasta el grado de hacerse merecedora de la "excomunión". Indudablemente la condición ideológica de esta mujer, catalogada así por el jurado de la exposición del Club Unión: "... tanto por el vuelo atrevido en todas sus concepciones que nos mostró un temperamento artístico de primer orden -increible en una mujer en un medio de posibilidades e ideas tan limitadas como el nuestro-, que revela también una vocación por el arte pictórico que se debe estimular;..."3. Igualmente en el periódico liberal "El Diario" se registró el acontecimiento: "Es incuestionable que doña Débora Arango ha tenido la osadía de torpedear directamente el casco oxidado de este inmóvil pontón que muchos llaman moralidad y que nosotros denominamos llana y simplemente gazmoñería".

Pero, nuevamente, lo pedagógico e ideacional aparece personificado, esta vez, en el arzobispo Tiberio de J. Salazar y Herrera quien considerando la impecable calidad estética de los desnudos de la artista se expresa androcéntricamente: "¿No será una de esas mujeres medio locas [...] algo así como una Teresa de Jesús?" Esta dubitativa sentencia deniega el pedido de excomulgación de Débora. Así como para los Aristotélicos de la época la obra de la artista merece ser condenada y rechazada como expresión estética, en cuanto expresión satírica que denuncia y flagela y produce sentimientos de ira y dolor, no puede ser considerada bella pues no causa placer, pero nuestra pintora presintiendo la jauría de la moralidad, plantea el arte como manifestación de cultura que nada tiene que ver con la moral, ya que éste no es amoral ni inmoral, sencillamente su órbita no intercepta ningún postulado ético, y como el ideario primordial de la ilustración de Voltaire, "Es necesario separar la ética de las ideas religiosas, buscando una ley moral universal".

Pasarían cerca de once meses de este incidente para que se repitiera otro acto de repudio a su obra, esta vez, ocasionado en la ciudad de Bogotá, en el mes de octubre de 1940: “El Heraldo” de Antioquia destacó el hecho con títulos a cinco columnas: “Un digno exponente del nuevo espíritu femenino antioqueño. La artista de la montaña se presentó ante la ciudad-cerebro con todo su valor y su valer. Desde el altiplano capitalino esta valiente mujer desafía a todos los tartufos moralistas. El arte puro no puede ser inmoral”.

Débora se había convertido ya en su símbolo de la mujer antioqueña como paradigma de la modernidad que atropellaba al país tardíamente. Era invitada de honor del Ministro de Educación Jorge Eliecer Gaitán para exhibir su obra en el foyer del Teatro Colón, constituido por trece de sus acuarelas sobre el tema del desnudo femenino.

“El diario “El Siglo” expresando la venenosa crítica de su columnista preferido el líder conservador Laureano Gómez señaló la obra como atentatoria de la buena moral y de la estética, síntoma de pereza mental e inhabilidad técnica, propio de la degenerada escuela expresionista, esencia degradada de la llamada pintura modernista, verdadero atentado contra la cultura y tradición artística de la ciudad capital, e irrespeto para el aristocrático lugar donde se exhibe. La culpa de esa degeneración artística no puede recaer sobre la señorita Arango, a quien admiramos sin reservas por su valor y audacia. Ella es tan sólo la víctima de las influencias perniciosas y antiestéticas que viene ejerciendo el Ministerio de Educación”4.

En España obtendría el más importante de sus éxitos artísticos que la consagraron como una de las más destacadas pintoras de Latinoamérica, cuya obra transcendía los parámetros de la academia y de la concepción naturalista contemplativa, para inscribirse en el universo de la búsqueda de un nuevo lenguaje estético, revolucionario, de relación estrecha entre lo sensible y lo consciente, de aquello que Theodoro Adorno, citado por Delfín Avendaño5 , planteaba: “El arte puede sostener la imagen de la libertad sólo en la negación de la falta de la libertad. Que no se deja atrapar, que es ajena a cualquier poder”.

Expone en España, su obra, invitada por el Instituto de Cultura Hispana de Madrid en 1955, inaugurada el 28 de febrero, y descolgada al día siguiente por orden del régimen fascista del General Franco, manifestándose de manera contundente en su obra esa lucha por la libertad, tan conculcada por los sectores más reaccionarios del planeta, y cuya muestra de poder se hace manifiesta en este hecho.

Pero, será durante el gobierno militar del General Pinilla y posteriormente en el período del llamado Frente Nacional que su obra adquiere la categoría satírica escueta, de agudas metáforas políticas, con mayores compromisos ideológicos que la exigen en su calidad estética y plástica. Si obras de su primera etapa como “Boceto a lápiz sobre papel para la acuarela El Placer” (1930); “La mística” (1940); “Friné o trata de blancas” (1940); “Maternidad y violencia” (s.f.); “Justicia” (1944); “Maternidad negra” (1944); y “Clavel rojo” (1944); muestran rasgos característicos de su sensibilidad social representados en un estilo figurativo expresionista, de una sencillez formal casi primitivista por la economía de su tratamiento plástico, pero a la vez, cargadas de esa ironía que las perfila como testimonios veraces de denuncia social y las condensa como discurso caústico del lenguaje icónico de las artes visuales colombianas, las obras de su madurez artística correspondientes a la segunda mitad del siglo XX, se van a caracterizar por su sentido cómico saturado de la realidad política, de los asuntos públicos que acomete el gobierno.

El recurrente tema de la zoopolítica acompañado de las parcas óseas histriónicas y de las caricaturescas fisonomías de los personajes plasmados por Débora Arango, nos remite a un paralelo tangencial con la obra del mexicano Guadalupe Posada, por su extraordinario manejo de la sátira y el reflejo de nuestra realidad política.

Este período creativo de la artista lo va a consagrar obras como "Masacre 9 de abril" (1948); "El tren de la muerte" (1948); "La salida de Laureano" (1953); "Huelga de estudiantes" (1957); "Junta militar" (1957); "Plebiscito" (1958) y "Doña Berta" (1977).

Su última obra de la serie política "Doña Berta y Belisario" quedó esbozada, aunque paradójicamente, como premonición de la presidencia obtenida por Belisario Betancourt, la obra mostraba a Doña Berta cargando en hombros a Belisario.

Los contenidos explicitados de esta serie de trabajos tienen una relación particular con acontecimientos nacionales de la vida social y política del país. El primero de ellos, marca la situación conflictiva del país respecto a la contenida bipartidista que va a subirlo en la violencia más cruenta y bárbara de la historia nacional, ocurrida en esta fecha luctuosa; los otros trabajos, producidos en el lapso de las tres siguientes décadas, visualizan el continum generado de este suceso, a saber: fratricidios, torturas despiadadas, asesinatos con alevosía, impunidad estatal, desapariciones masivas; retiros forzosos del manejo público y celebración con huelgas estudiantiles; aparición del control estatal por parte de los militares constituidos en juntas de gobierno e imponiendo la más férrea dictadura, hasta la ingeniosa salida del conflicto social mediante un supuesto democrático plebiscito que, nuestra artista interpretara en la composición transversal en diagonal ascendente del pabellón nacional, atrapado alegre y burlonamente por cinco preciosos simios que se lo disputan (óleo sobre tela, de 1.78 x 1.38, 1957), y con la otra obra, igualmente trabajada en la técnica al óleo, con unas dimensiones de 1.52 x 1.20, de 1958, cuya estructura compositiva es perfectamente simétrica, equilibrada por el ritmo de la V de la victoria, representada ésta a su vez, por la figura del político liberal Alberto Lleras Camargo, caricaturizado como el "Muelón", y por la figura del político conservador Guillermo León Valencia, caricaturizado como el "Cotudo", llevando en andas, estos dos futuros presidentes del "Frente Nacional" al político Laureano Gómez sufragante, caricaturizado como el "Lobo" con su voto positivo.

El tratamiento artístico que le impone la pintora a estas dos obras, retrotrae el acto primordial mitopoético fundacional, mediante el cual se consagra el país al espacio sagrado del Frente Nacional, como institución ideológica de poder, y mito de origen o de iniciación representado a través de la iconozoografía.

Las últimas obras de este período plástico de nuestra artista, exaltan o enaltecen, mordazmente, el rol del "género femenino" en el manejo del estado, esta vez en la personalidad caricaturizada de la política conservadora Berta Hernández, en forma de "gallina" ondeando la bandera azul como símbolo de su partido, y cacareando la postura de cinco huevos, quizá relacionados con los cinco miembros de la Junta Militar que concluyó el período presidencial del General Pinilla. La otra obra, inconclusa, caricaturiza a Doña Berta, como un "Cargador Calima" llevando en sus hombros al futuro presidente de la república, el conservador Belisario Betancurt Cuartas, mostrando de esta manera el poder de "Montar" o "Desmontar" presidentes que tenía la "dama de acero" de Colombia.

Como reconocimiento a su valor artístico y a su indeclinable concepto libertario, le han sido otorgadas varias distinciones: Premio de la Secretaría de Educación a las Artes y a las letras en Medellín; Medalla Porfirio Barba-Jacob de la Alcaldía de Medellín; Medalla al mérito artístico y cultural del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Santafé de Bogotá; la orden Nacional al Mérito en el grado de Gran Cruz, conocida como "Cruz de Boyacá"; Doctorado Honoris Causa en Artes de la Universidad de Antioquia; la medalla al Mérito Cultural Gerardo Arellano del Ministerio de Educación; la medalla Alcaldía de Medellín; la orden de la Restrepía de Envigado, en homenaje del Centro de Historia a José Felix y José Manuel Restrepo. Además de múltiples exposiciones de su obra en conjunto, publicaciones, escuelas de artes con su nombre, pinacotecas y museos.

Cercana a la centuria de vida este "Genero de Fabrica-to (hasta, hacía, para) Antioquia made in Colombia", es digno ejemplo de lo que la mujer significa en nuestra vida.

Notas

1. LONDOÑO VÉLEZ, Santiago. Débora Arango. Vida de pintora. Ministerio de Cultura. Colombia, 1997. p. 30.

2. Ibíd., p. 68.

3. Ibíd., p. 78-79.

4. Ibíd., p. 113.

5. El Expresionismo. En: Revista Argumentos No. 8/9. Bogotá, agosto de 1984. p. 76.

 


Aquelarre. Revista semestral de filosofía, política, arte y cultura
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