DÉBORA ARANGO
- Genero Fabrica-to Antioquia - made in Colombia -
Manuel León Cuartas
Pintor. Profesor Universidad del Tolima
La función social de la mujer durante miles de años, después
de su proceso histórico matriarcal, ha estado bajo la férula del
patriarcado, degradado en el machismo, y, hoy día, reconsiderado en el
Falocentrismo.
En una región colombiana marcada históricamente por estas
características, nace a principios del siglo XX (1907) una mujer que se
convertiría en el símbolo de la desobediencia civil, de la autonomía estética
y del arte expresionista colombiano con el máximo grado de compromiso
social e ideológico: Débora Arango Pérez.
Desde los años de infancia adquirió el compromiso con los
asuntos artísticos relacionados con el bordado, la costura, las artes
manuales, con las presentaciones teatrales, la decoración de telares
escenográficos, y el profundo conocimiento de los medios técnicos del
manejo de la pintura al óleo, desde la ardua tarea de preparar los lienzos,
hasta la mágica alquimia de la transmutación de los aceites y barnices en
pastosos pigmentos. Todos estos últimos oficios propios de los varones.
Las paradojas de la vida convierten sus aulas de clases con
las salesianas en los primeros espacios de espiritualidad artística y de
libertad creativa, y a su maestra italiana María Robaccia en su primera
mecenas y orientadora estética.
La culpa definitiva por la que Débora se hizo artista la
tiene Dios y las salesianas, y la de haberse enamorado por primera y única
vez en una de las salidas diarias de misa de la Iglesia San José.

Como Picasso, Débora, registra uno a uno sus "psíquicos
hechos cotidianos" en telas o cartones que va acumulando como su diario
perceptual y estético. A la postre su único amor jamás la abandonaría al
quedar "ausente" (así lo diría el politólogo Louis Althousser)
en una de sus acuarelas "Las colegialas" y que, el poeta Santiago
Londoño Vélez nos relata a su vez de un comentarista: "En los ojos de
esa niña con brotes de adulta, se encuentra una pasión, una historia, una
aventura entre tilos discretos y soles amables que ha hecho de su corazón
un depósito de recuerdos y emociones1.
Las más diversas situaciones existenciales fueron
esculpiendo una personalidad libérrima, sin ambages, imposible de
manipular, contradictora permanente de sistemas absolutistas, sin
restricciones temáticas, expresiva, valiente, ácida y cicuta para sus congéneres
y coetáneos, pero de manera particular con los regímenes bipartidistas de
nuestro país.
La obra de Débora se caracteriza por el tratamiento siempre
diáfano de los referentes, explícitos y denotativos en sus significados;
por el manejo de las formas representacionales que la hace accesible en su
figuración; por los contenidos ideológicos, sociológicos y políticos de
lecturas comprensibles por sus discursos llanos pero contundentes. Toda esta
estructura triádica compositiva revestida de plasticidad, con recursos técnicos
de destreza artística y manifestaciones objetivadas del universo estético
que de manera Expresionista figura en cada una de sus obras.
Es la artista (incluyendo el otro género) de mayor fuerza
expresiva en el tratamiento de situaciones y hechos políticos que se han
sucedido en el devenir histórico del pueblo colombiano, registrados todos
como documentos fuentes, de consulta visual obligatoria para quienes deseen
conservar imágenes mnémicas estéticas de sucesos escatológicos
producidos por los gobiernos bipartidistas de turno.
Para muchos críticos, estetas, o historiadores del arte, la
obra de Débora puede resultarles panfletaria o evidentemente parcializada y
expresada como denuncia social, y ser proclamada, como lo fue la de
Portinari, la de Guayasamín y la propia de los muralistas mexicanos, de
libelo degradante, satírico e infamatorio. Y es allí, donde radica la
actitud desafiante e insubordinada de la artista contra los paradigmas
decimonónicos de la academia y contra las barreras axiomáticas de la estética
tradicional, parámetros éstos que resumen, entre otras cosas, los
preceptos axiológicos de una sociedad conservadora y concordataria como la
colombiana.

Sin embargo, pertenecer a una familia conservadora la hacía,
en cierta forma, inmune a la más drástica persecución clerical, y el
hecho cierto de ser su padre el dueño de un elegante Packard negro de siete
puestos, adquirido al político conservador Mariano Ospina Pérez que, Débora
acostumbraba conducir por las estrechas calles de Medellín por ser una de
las cuatro mujeres con licencia para manejar automóviles en aquella época2.
No obstante estos pequeños privilegios sociales, sus desnudos expuestos en
el Club Unión de Medellín causaron desazón y refriega en el clero
parroquial, hasta el grado de hacerse merecedora de la "excomunión".
Indudablemente la condición ideológica de esta mujer, catalogada así por
el jurado de la exposición del Club Unión: "... tanto por el vuelo
atrevido en todas sus concepciones que nos mostró un temperamento artístico
de primer orden -increible en una mujer en un medio de posibilidades e ideas
tan limitadas como el nuestro-, que revela también una vocación por el
arte pictórico que se debe estimular;..."3. Igualmente en
el periódico liberal "El Diario" se registró el acontecimiento:
"Es incuestionable que doña Débora Arango ha tenido la osadía de
torpedear directamente el casco oxidado de este inmóvil pontón que muchos
llaman moralidad y que nosotros denominamos llana y simplemente gazmoñería".
Pero, nuevamente, lo pedagógico e ideacional aparece
personificado, esta vez, en el arzobispo Tiberio de J. Salazar y Herrera
quien considerando la impecable calidad estética de los desnudos de la
artista se expresa androcéntricamente: "¿No será una de esas mujeres
medio locas [...] algo así como una Teresa de Jesús?" Esta dubitativa
sentencia deniega el pedido de excomulgación de Débora. Así como para los
Aristotélicos de la época la obra de la artista merece ser condenada y
rechazada como expresión estética, en cuanto expresión satírica que
denuncia y flagela y produce sentimientos de ira y dolor, no puede ser
considerada bella pues no causa placer, pero nuestra pintora presintiendo la
jauría de la moralidad, plantea el arte como manifestación de cultura que
nada tiene que ver con la moral, ya que éste no es amoral ni inmoral,
sencillamente su órbita no intercepta ningún postulado ético, y como el
ideario primordial de la ilustración de Voltaire, "Es necesario
separar la ética de las ideas religiosas, buscando una ley moral
universal".

Pasarían cerca de once meses de este incidente para que se
repitiera otro acto de repudio a su obra, esta vez, ocasionado en la ciudad
de Bogotá, en el mes de octubre de 1940: El Heraldo de Antioquia
destacó el hecho con títulos a cinco columnas: Un digno exponente del
nuevo espíritu femenino antioqueño. La artista de la montaña se presentó
ante la ciudad-cerebro con todo su valor y su valer. Desde el altiplano
capitalino esta valiente mujer desafía a todos los tartufos moralistas. El
arte puro no puede ser inmoral.
Débora se había convertido ya en su símbolo de la mujer
antioqueña como paradigma de la modernidad que atropellaba al país tardíamente.
Era invitada de honor del Ministro de Educación Jorge Eliecer Gaitán para
exhibir su obra en el foyer del Teatro Colón, constituido por trece de sus
acuarelas sobre el tema del desnudo femenino.
El diario El Siglo expresando la venenosa crítica
de su columnista preferido el líder conservador Laureano Gómez señaló la
obra como atentatoria de la buena moral y de la estética, síntoma de
pereza mental e inhabilidad técnica, propio de la degenerada escuela
expresionista, esencia degradada de la llamada pintura modernista, verdadero
atentado contra la cultura y tradición artística de la ciudad capital, e
irrespeto para el aristocrático lugar donde se exhibe. La culpa de esa
degeneración artística no puede recaer sobre la señorita Arango, a quien
admiramos sin reservas por su valor y audacia. Ella es tan sólo la víctima
de las influencias perniciosas y antiestéticas que viene ejerciendo el
Ministerio de Educación4.
En España obtendría el más importante de sus éxitos artísticos
que la consagraron como una de las más destacadas pintoras de Latinoamérica,
cuya obra transcendía los parámetros de la academia y de la concepción
naturalista contemplativa, para inscribirse en el universo de la búsqueda
de un nuevo lenguaje estético, revolucionario, de relación estrecha entre
lo sensible y lo consciente, de aquello que Theodoro Adorno, citado por Delfín
Avendaño5 , planteaba: El arte puede sostener la imagen de la libertad sólo
en la negación de la falta de la libertad. Que no se deja atrapar, que es
ajena a cualquier poder.
Expone en España, su obra, invitada por el Instituto de
Cultura Hispana de Madrid en 1955, inaugurada el 28 de febrero, y descolgada
al día siguiente por orden del régimen fascista del General Franco,
manifestándose de manera contundente en su obra esa lucha por la libertad,
tan conculcada por los sectores más reaccionarios del planeta, y cuya
muestra de poder se hace manifiesta en este hecho.
Pero, será durante el gobierno militar del General Pinilla
y posteriormente en el período del llamado Frente Nacional que su obra
adquiere la categoría satírica escueta, de agudas metáforas políticas,
con mayores compromisos ideológicos que la exigen en su calidad estética y
plástica. Si obras de su primera etapa como Boceto a lápiz sobre papel
para la acuarela El Placer (1930); La mística (1940); Friné o
trata de blancas (1940); Maternidad y violencia (s.f.);
Justicia (1944); Maternidad negra (1944); y Clavel rojo
(1944); muestran rasgos característicos de su sensibilidad social
representados en un estilo figurativo expresionista, de una sencillez formal
casi primitivista por la economía de su tratamiento plástico, pero a la
vez, cargadas de esa ironía que las perfila como testimonios veraces de
denuncia social y las condensa como discurso caústico del lenguaje icónico
de las artes visuales colombianas, las obras de su madurez artística
correspondientes a la segunda mitad del siglo XX, se van a caracterizar por
su sentido cómico saturado de la realidad política, de los asuntos públicos
que acomete el gobierno.
El recurrente tema de la zoopolítica acompañado de las
parcas óseas histriónicas y de las caricaturescas fisonomías de los
personajes plasmados por Débora Arango, nos remite a un paralelo tangencial
con la obra del mexicano Guadalupe Posada, por su extraordinario manejo de
la sátira y el reflejo de nuestra realidad política.
Este período creativo de la artista lo va a consagrar obras
como "Masacre 9 de abril" (1948); "El tren de la muerte"
(1948); "La salida de Laureano" (1953); "Huelga de
estudiantes" (1957); "Junta militar" (1957);
"Plebiscito" (1958) y "Doña Berta" (1977).
Su última obra de la serie política "Doña Berta y
Belisario" quedó esbozada, aunque paradójicamente, como premonición
de la presidencia obtenida por Belisario Betancourt, la obra mostraba a Doña
Berta cargando en hombros a Belisario.
Los contenidos explicitados de esta serie de trabajos tienen
una relación particular con acontecimientos nacionales de la vida social y
política del país. El primero de ellos, marca la situación conflictiva
del país respecto a la contenida bipartidista que va a subirlo en la
violencia más cruenta y bárbara de la historia nacional, ocurrida en esta
fecha luctuosa; los otros trabajos, producidos en el lapso de las tres
siguientes décadas, visualizan el continum generado de este suceso, a
saber: fratricidios, torturas despiadadas, asesinatos con alevosía,
impunidad estatal, desapariciones masivas; retiros forzosos del manejo público
y celebración con huelgas estudiantiles; aparición del control estatal por
parte de los militares constituidos en juntas de gobierno e imponiendo la más
férrea dictadura, hasta la ingeniosa salida del conflicto social mediante
un supuesto democrático plebiscito que, nuestra artista interpretara en la
composición transversal en diagonal ascendente del pabellón nacional,
atrapado alegre y burlonamente por cinco preciosos simios que se lo disputan
(óleo sobre tela, de 1.78 x 1.38, 1957), y con la otra obra, igualmente
trabajada en la técnica al óleo, con unas dimensiones de 1.52 x 1.20, de
1958, cuya estructura compositiva es perfectamente simétrica, equilibrada
por el ritmo de la V de la victoria, representada ésta a su vez, por la
figura del político liberal Alberto Lleras Camargo, caricaturizado como el
"Muelón", y por la figura del político conservador Guillermo León
Valencia, caricaturizado como el "Cotudo", llevando en andas,
estos dos futuros presidentes del "Frente Nacional" al político
Laureano Gómez sufragante, caricaturizado como el "Lobo" con su
voto positivo.
El tratamiento artístico que le impone la pintora a estas
dos obras, retrotrae el acto primordial mitopoético fundacional, mediante
el cual se consagra el país al espacio sagrado del Frente Nacional, como
institución ideológica de poder, y mito de origen o de iniciación
representado a través de la iconozoografía.
Las últimas obras de este período plástico de nuestra
artista, exaltan o enaltecen, mordazmente, el rol del "género
femenino" en el manejo del estado, esta vez en la personalidad
caricaturizada de la política conservadora Berta Hernández, en forma de
"gallina" ondeando la bandera azul como símbolo de su partido, y
cacareando la postura de cinco huevos, quizá relacionados con los cinco
miembros de la Junta Militar que concluyó el período presidencial del
General Pinilla. La otra obra, inconclusa, caricaturiza a Doña Berta, como
un "Cargador Calima" llevando en sus hombros al futuro presidente
de la república, el conservador Belisario Betancurt Cuartas, mostrando de
esta manera el poder de "Montar" o "Desmontar"
presidentes que tenía la "dama de acero" de Colombia.
Como reconocimiento a su valor artístico y a su
indeclinable concepto libertario, le han sido otorgadas varias distinciones:
Premio de la Secretaría de Educación a las Artes y a las letras en Medellín;
Medalla Porfirio Barba-Jacob de la Alcaldía de Medellín; Medalla al mérito
artístico y cultural del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Santafé
de Bogotá; la orden Nacional al Mérito en el grado de Gran Cruz, conocida
como "Cruz de Boyacá"; Doctorado Honoris Causa en Artes de la
Universidad de Antioquia; la medalla al Mérito Cultural Gerardo Arellano
del Ministerio de Educación; la medalla Alcaldía de Medellín; la orden de
la Restrepía de Envigado, en homenaje del Centro de Historia a José Felix
y José Manuel Restrepo. Además de múltiples exposiciones de su obra en
conjunto, publicaciones, escuelas de artes con su nombre, pinacotecas y
museos.
Cercana a la centuria de vida este "Genero de Fabrica-to
(hasta, hacía, para) Antioquia made in Colombia", es digno ejemplo de
lo que la mujer significa en nuestra vida.
Notas
1. LONDOÑO VÉLEZ, Santiago. Débora Arango. Vida de
pintora. Ministerio de Cultura. Colombia, 1997. p. 30.
2. Ibíd., p. 68.
3. Ibíd., p. 78-79.
4. Ibíd., p. 113.
5. El Expresionismo. En: Revista Argumentos No. 8/9. Bogotá,
agosto de 1984. p. 76.
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